
CELOS
QUE
MATAN
(Relato)
Mario
Bahamón
Dussán
© 1997 Mario Bahamón Dussán
www.mariobahamon.com
bahamon@att.net
Portada: Pintura de Pierre Auguste Cot
“Son celos cierto temor
tan delgado y tan sutil,
que si no fuera tan vil
pudiera llamarse amor.”
Lope de Vega
Más tragedias han causado los celos
infundados que las infidelidades consumadas.
M.B.D.
1
Un día cualquiera de su vida, Abel Marín, profesor de matemáticas de un colegio mixto, inesperadamente halla escondida entre la ropa de su mujer la foto de un hombre con un teléfono anotado al respaldo.
No le habría dado importancia si en ese momento no asoma el recuerdo de noches anteriores en que el teléfono había repicado y cuando él lo contestaba únicamente oía un clic seco, nada más.
También recuerda que días antes Margoth había llegado con un paquetico de un fino perfume y explicó, sin preguntarle, que era un regalo de una amiga.
El de la foto no tiene gafas como él. Es joven, de cabello rubio.
Anota el teléfono en un papelito; rectifica un número, por la rabia mal copiado; mira de nuevo la foto y la deja intacta, como estaba, en el mismo lugar.
Margoth es vendedora de vestidos, y aunque los vendedores por lo general tienen enredos, por ser femeninos los vestidos no son muchos los hombres que ella debe tratar.
“Todo está muy raro” –piensa, sin poder detener a un voraz gusanito que insaciable comienza a taladrar su alma, llenándola de dudas y de angustias enormes.
2
La foto de un hombre con un teléfono anotado al respaldo, sospechosas llamadas telefónicas y un fino regalo, traen a su mente ofuscada otros tantos indicios, como las tardes que, cansada, llega directa a ducharse o las noches que aduciendo dolor de cabeza evita tener relaciones íntimas con él; y aunque las mujeres pueden ir a la cama muchas veces en un mismo día, sin demostrar cansancio, aquello atiza las sospechas torturantes, devoradoras e insoportables.
Como ella no está en casa, pues ahora llega después de él, decide irse a dormir para no tener que esperarla despierto.
Al descargar el cuerpo en el colchón de la cama, por alguna razón quisiera mejor acostarse en otro lugar.
Aunque está cansado no puede dormir. Nítidamente escucha la llave girando en la chapa de la calle por su mujer que regresa del trabajo.
La mira de pies a cabeza.
–¿Qué pasa, amor; por qué esa mirada? –pregunta Margoth, extrañada y molesta; pues Abel en los tres años de matrimonio no la ha cubierto nunca de tantas miradas inquirientes.
–Nada, nada –responde Abel, mientras ella ingresa al baño de la alcoba.
“¡Ah!, se pone colorada” –piensa.
Al salir, luego de ducharse, ella aduce:
–No vamos a hablar del mismo tema. No voy a renunciar a mi trabajo. La mujer de hoy es diferente.
Y como él no le contesta, agrega:
–Tú mismo hablas bien de las profesoras del colegio.
Abel Marín no quiere responder.
–¿Qué pasa, cariño? –insiste.
Está celoso. Y prefiere quedarse callado.
Un brutal accidente que morbosamente presenta el noticiero, de un tren que al volcarse deja un reguero de muertos, interrumpe la escena y cada cual se sumerge en sus propios pensamientos y en sus dudas.
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