
Capítulo Uno
Hacia una cantina donde había unas muchachas
Ambos se pasaron revista de llevarlo todo: armas, municiones y granadas, y sin decir palabra echaron a andar camino abajo hacia la planada que había antes de entrar al monte. En el cielo resplandecían los luceros, cuyo reflejo la brisa movía en la ondulante superficie de la quebrada. Pudieron escuchar el croar de las ranas, el aleteo de un pez...
El soldado no preguntó para dónde iban. El teniente, con alguna frecuencia, lo despertaba en la noche y sólo al acercarse al lugar previsto le contaba lo que se proponía hacer.
No alcanzaron a caminar mucho cuando la luna, sin ser muy tarde, decidió ocultarse; apenas una que otra candelilla rayaba la intensa oscuridad.
–¿Ya vamos a llegar? –preguntó, al fin, el soldado.
–No. ¿Está cansado?
–No es eso. Es la curiosidad de saber para dónde vamos.
–Sólo cuando ya estemos llegando se lo voy a decir.
El soldado sabía que si el teniente no contestaba bien o no agregaba nada a su respuesta, razones tendría.
Tres horas más tarde estarían acurrucados a la orilla de una quebrada, la misma que kilómetros arriba pasaba cerca de la base de patrullaje. Una pequeña luz, al otro lado, filtrándose por el platanal, alcanzaba a llegarles débilmente y también alumbraba las paredes de la casa.
–No se escucha nada. Parece que no hay nadie –comentó el soldado.
–Deben de estar adentro.
–Raro; ni música se oye.
–Esperemos un poco –decidió el teniente, acomodando su espalda contra el ramaje. Metió las manos por las bocamangas del saco de campaña, para protegerlas de la brisa.
Dos meses antes, cuando se alejaba del caserío donde lo descargaran los camiones, y rumbo al lugar fijado para instalar la base de patrullaje, no pudo ser indiferente a la presencia de esa cantina, ‘La Calentana’, donde se asomaron unas muchachas que lo siguieron con la vista y con tanto entusiasmo respondían a las señales de sus brazos. Cuatro horas más habría de caminar hasta el sitio donde estableció la base de patrullaje.
–¡Qué buenas parecen! –Había dicho en esa ocasión; ahora, recostado en la orilla de la quebrada, aguantando frío, las imaginaba aún mejor.
El soldado no ignoraba que esa noche debía prestarle seguridad mientras él se tomaba unos tragos, y si el teniente le permitiría beber alguna copa, era con la intención de que matara el frío. Estas misiones, al parecer humillantes, a él no lo disminuían; por el contrario lo hacían sentir bien, pues confirmaban que era su hombre de confianza.
Por el camino, empedrado, que pasaba frente a la casa, se acercaba un borracho montado en una mula; y por la forma como se movía sobre la cabalgadura, parecía que en cualquier momento se caería. Al llegar a la quebrada, el animal se detuvo; hundió en el agua sus patas delanteras y agachando la cerviz comenzó a beber. El borracho esperó unos minutos, para luego acariciarle el cuello con suaves palmadas que la noche recogía en silencio. Como el animal no se inmutaba, lo increpó:
–¡Arre, mula hija de puta; no me voy a quedar toda la noche esperando que se te dé la gana seguir!
–Vaya por detrás y espántela –susurró el teniente.
El soldado, sigilosamente, atravesó la quebrada hasta colocarse detrás del animal; una vez allí, le metió la culata de la carabina por los ijares. La mula dando saltos y tropezando con las piedras de la quebrada llegó al otro lado, dejando al borracho tendido en la corriente. Como pudo se levantó, para salir chorreando ríos de agua y furia.
–¡Ya verás! –dijo, aún tambaleante.
La tomó por el freno y le dio varios puñetazos en la jeta hasta hacérsela sangrar. El morral donde tenía la carne, comprada esa mañana en el mercado del pueblo, se soltó y cayó al agua. El no se dio cuenta. Intentó montarse, sin lograrlo; pero al fin lo consiguió; luego por entre la oscuridad se fue alejando hasta desaparecer.
El teniente, en su esfuerzo por aguantar la risa, dejó escapar un siseo por las comisuras de la boca.
Al ruido de todo esto se habían asomado las muchachas que se hallaban en la casa.
–Vamos –ordenó el teniente.
Un perro, en el corredor, que los escuchara acercarse, comenzó a ladrar. Una de las mujeres salió a ver por qué ladraba y en esto se encontró con el teniente.
–¿Usted es soldado, suboficial o qué? –preguntó, al verlo uniformado.
–¿Por qué? –interrogó, a su vez, mientras la miraba de pies a cabeza.
–No podemos atender soldados –explicó la mujer.
–No se preocupe por eso.
Contra la pared del corredor se recostaban dos tablones de gruesa madera que sobre unas piedras servían de asiento. La luz de una lámpara llegaba débilmente a unas materas colgantes, que movidas por el viento se balanceaban haciendo pasear sus siluetas por el platanal. Cruzando la mirada por la puerta, alcanzaban a verse las botellas de cerveza alineadas entre los estantes, detrás del mostrador.
–¿Usted es de la base del pueblo? –preguntó la mujer mientras hacía coincidir en su espalda el botón con el ojal.
–No. De la base de arriba.
La mujer lo observó detenidamente, y al fin se atrevió a indagar:
–Usted es teniente. ¿No es verdad?
–Sí –respondió–. ¿Implica eso algo?
–No. Lo importante es que no sea soldado, porque nos suspenden la licencia; pero no nos quedemos aquí, afuera, donde hace tanto frío –solicitó, finalmente, la mujer.
La lámpara, colgada de una cuerda en el centro de la cantina, emitía una luz muriente.
–Le falta gasolina –comentó el soldado.
–No. Así es –repuso la mujer.
Las mariposas daban vueltas en torno al vidrio de la caperuza y chisporroteaban al pegarle con sus alas. Una, dos, tres, varias, muchas, caían en picada al suelo; luego, medio averiadas, prolongaban su vuelo hasta perderse.
Del cuarto, anudándose el cabello con una cinta, había salido otra mujer y ahora, en el quicio de la puerta, los miraba esperando alguna señal. La luz le hacía resaltar los senos y alcanzaba a proyectar su sombra contra la pared, donde colgaban varios almanaques de diferentes años, con bellas modelos que promocionaban marcas de cerveza, o fumaban. El teniente guiñó un ojo al soldado, insinuándole que podía charlar con ella; sin descuidar la seguridad.
–Ustedes los militares nunca pagan –dijo la mujer, ahora sentada a su lado.
–Yo siempre pago lo que me tomo –explicó el teniente.
–¿Lo que se toma? ¿Nada más? –preguntó–. Entonces únicamente toma –añadió.
–Depende, también como cuando quiero o cuando he caminado mucho. Desde luego, cuando vale la pena.
–Es decir que de todas maneras come y nunca paga –concluyó la mujer.
Un enorme cucarrón chocaba locamente contra las paredes de la cantina, y sus golpes eran duros y obstinados. Se silenciaba, después de una estrellada, para remontarse luego y matizar la charla con su errático vuelo.
–A lo que vinimos, vamos –dijo el teniente y de un sorbo terminó la cerveza.
La titilante llamita de una vela sobrevivía en medio de la oscuridad del cuarto donde ella tenía la cama. Las gotas de la esperma bajaban cabalgando por el deforme lomo y sobre el candelabro hacían una estalagmita. El teniente se quitó las botas y las medias. Colocó los pantalones en el espaldar del asiento, luego la camisa, que presionó con el cinturón del revólver, finalmente la carabina, que dejó con la trompetilla hacia el techo. Al meterse a la cama recordó que había olvidado la gorra en la cantina; pidió a la mujer el favor de traérsela; como ella también ya se había desvestido aprovechó para detallar sus curvas.
–¿La apagamos? –sugirió, ya de regreso.
–Como guste –contestó el teniente.
La mujer, acercando el candelabro hasta su cara, le dio un fuerte soplo que además de apagar la vela esparció un olorcillo, casi imperceptible, a trapo quemado.
Iniciaba a crujir la desajustada cama cuando al otro lado de la puerta que comunicaba el cuarto con la cantina se escuchó la voz trémula, excitada, del soldado.
–¡Mi teniente! ¡Mi teniente!
–¿Qué pasa? –preguntó, ya sentado en la cama.
–Parece que viene gente para acá –contestó el guardaespaldas, con la boca pegada a las rendijas de la puerta para hacerse escuchar mejor–. De pronto son los guerrilleros –complementó.
El teniente se levantó de un salto y luego de echar por la ventana una rápida ojeada comenzó a vestirse a toda prisa.
–¡Cómo!, ¿se va? –preguntó la mujer, asombrada.
–Sí.
–¿Regresa?
–Tal vez no –respondió–, y tomándole la quijada entre el pulgar y el índice la acarició suavemente.
–Vuelva más tarde, si puede. Dé cinco golpes en la ventana y yo le abriré –le dijo antes de que cruzara el marco de la puerta.
–Mejor no me espere. Otro día será.
–Tenga cuidado, está muy joven para morir –dijo la mujer mientras se cubría con la manta, que había bajado hasta donde comenzaban sus senos. Unos senos de mediano tamaño, aún duros: bonitos.
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